Y estaba en lo correcto!


Hace casi dos años Hector Abad Faciolince escribio el artículo que usted, querido lector, si es que hay alguno, encontrará abajo. Hoy, acá en EEUU se puede observar como en realidad a los contribuyentes les van a sacar mas impuestos para recuperar el sistema financiero, mientras el sistema de salud esta como uno de los peores. Si señores y Hector Abad tenía razón.

Hay otras teorías

Sapolski, profesor de neurología en Stanford, resume lo lesiva que es para la salud la extrema desigualdad: la pobreza enferma

Por Héctor Abad Faciolince

Vivimos en la dictadura de los econo-mistas y de los administradores de empresas. Antes el mayor orgullo de las familias era tener un hijo con un doctorado en medicina interna. Hoy vivimos en el reino de los vástagos con MBA (dígase siempre en inglés y por las siglas, “em bi ai”, que en castellano quiere decir maestro en administración de negocios). Cuando en Colombia había Ministerio de Salud, era común que el Ministro de este ramo fuera un médico. Un médico dedicado a la medicina; un médico empeñado en defender el bienestar de la gente, o, como lo definía Rudolph Virchow, “un abogado de los pobres”.

Como ahora los médicos han bajado muchos escalones en la escala del prestigio, ya ni siquiera hay Ministerio de Salud, y los ministros que administran nuestra terrible desprotección social suelen ser economistas. Si son médicos, para que les perdonen su profesión, tienen que estar especializados en gerencia de mercadeo, o en economía, o en administración de recursos humanos, o en las tres. Mejor dicho: tienen que hacer de la medicina un negocio.

Los médicos son locos que claman en el desierto. A los economistas se los escucha y reverencia como si fueran los brujos de la tribu. Sus intervenciones suelen empezar siempre con la misma frase, que es como el anuncio de que a continuación se expondrán algunos versículos del Evangelio: “Según los últimos hallazgos de la teoría económica…”, y en seguida el ‘pontífice’ expone los dogmas inexpugnables del neoliberalismo: inversión extranjera, retorno bursátil, crecimiento económico, estabilidad financiera, estímulos tributarios… Traducido al lenguaje corriente: exenciones y regalos a los grandes empresarios y patadas en el culo a los que trabajamos.

Cuando los bancos (privados) tienen una crisis salvaje, los economistas saltan a las primeras páginas de los periódicos y dicen que ante la amenaza de una quiebra del sistema financiero, todos los ciudadanos tenemos que salvar a la banca. Y nos clavan a todos el 4 por 1.000, que pagamos como borregos. Si entra en crisis la salud, en cambio, a los economistas no se les ocurre salvar el sistema de salud con un impuesto específico: su fórmula es privatizar los hospitales.

Hay ejemplos de privatizaciones que son una porquería: el transporte público está en manos de privados. Miles de buses con rutas adquiridas mediante sistemas mafiosos y corruptos. Caos en el tráfico, contaminación ambiental, guerra del centavo, accidentes de tráfico, y para colmo, un pésimo servicio. ¡Viva la empresa privada! Hay ejemplos de empresas públicas exitosas: EPM es una de las compañías más sólidas del país, y este año le está regalando a Medellín una decena de colegios públicos con instalaciones que ya se quisieran muchos colegios privados. No sé si Ecopetrol será exitosa o no. Lo que sí sé es que el año pasado le transfirió al fisco nacional más de siete billones de pesos, y que tuvo las ganancias más grandes de su historia. ¿Demasiada platica en manos públicas, cierto?

Si los médicos fueran respetados en este país, o si fueran capaces de hacerse respetar, podrían exponer criterios “según los últimos hallazgos de la teoría médica” y callarles la boca (la bocota) a muchos economistas y administradores de empresas. Acabo de leer, gracias a un médico especializado en las enfermedades derivadas de las hormonas del estrés, un interesante artículo publicado en la versión castellana de Scientific American. Robert Sapolski, profesor de biología y neurología en Stanford, resume los hallazgos de lo lesiva que es para la salud de todos la extrema desigualdad social. En resumen: la pobreza enferma.

Aquí vivimos en el reino de la exhibición de los opulentos: los paracos desmovilizados se movilizan en Hummers, rodeados de hombres armados, humillando a los ciudadanos de a pie. Esa es la típica situación que produce estrés sicosocial en los que están por debajo. Los peatones ante ellos somos como cucarachas asustadas: y eso es lo que más enferma, el estrés permanente al que nos someten los prepotentes. Dice Sapolski: “Cuanto mayor sea la brecha económica que separa los más pobres de los más ricos, peor será la salud media”. Cuanto más se enfermen los pobres, obviamente, peor le irá al Seguro Social. ¿No se les ha ocurrido pensar que las cifras del Seguro no cuadran por el exceso de desigualdad entre ricos y pobres? Claro que no, los economistas no piensan así.

A los ricos no les interesa invertir en bienes públicos (acueductos, hospitales, escuelas) porque ellos ya tienen asegurados esos servicios. ¿Qué beneficios va a sacar el dueño de Cocacola de que en un pueblo de Urabá construyan un acueducto? Dice Sapolski: “Cuanto más desigual sea la distribución de la renta en una comunidad, más incentivos tendrán los ricos para oponerse a gastos públicos destinados a mejorar la salud de la población”.

Bienvenidos a otros cuatro años en que la brecha existente entre ricos y pobres se ensanchará aun más; bienvenidos al reino que les quita impuestos a las ganancias del capital extranjero, y clava con el IVA a la clase media. Si los pobres y los enfermos aumentan, ya saben que se debe al mantra de los gurúes de la economía: estabilidad financiera, retorno bursátil, estímulo a la inversión, exención tributaria…”

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